
Les primeres passions lectores et marquen per sempre. P.
m’ha parlat més d’una vegada dels estius de vacances amb els seus avis a Sant
Hilari. Un dels records més intensos d’aquells dies són a la Biblioteca del poble llegint
Tintín i convertint-se en el seu company d’aventures. Quaranta anys després encara
se l’estima.
Avui fa cent vuit anys del naixement d’Hergé, el creador de
Tintín. I aprofitem per donar-li les gràcies a Tintín i a tots aquells
personatges que ens van acompanyar durant la infantesa.
Després dels contes que havíem sentit, van venir aquells
primers llibres amb els quals vam establir una intimitat especial. Eres el
llibre i tu. I et podies escapar amb ell o arrelar-te, i podies mirar el món i
viure altres vides, i et feien riure o no; i sempre t’ho passaves bé. Era com una oportunitat de felicitat.
“Al
igual que yo, mi hijo tiene sus autoridades, sus fuentes, sus referencias a las
cuales recurre cuando quiere apoyar una afirmación o una idea. Pero si las mías
son los filósofos, los novelistas o los poetas, las de mi hijo son los veinte
álbumes de las aventuras de Tintín. En ellos todo está explicado. Si hablamos
de aviones, animales, viajes interplanetarios, países lejanos o tesoros, él
tiene muy a la mano la cita precisa, el texto irrefutable que viene en socorro
de sus opiniones. Eso es lo que se llama tener una visión, quizá falsa, del
mundo, pero coherente y muchísimo más sólida que la mía, pues está inspirada en
un solo libro sagrado, sobre el cual aún no ha caído la maldición de la duda.
Solo tiempo más tarde se dará cuenta de que esas explicaciones tan simples no
calzan con la realidad y que es necesario buscar otras más sofisticadas. Pero
esa primera versión le habrá sido útil, como la placenta intrauterina, para
protegerse de las contaminaciones del mundo mayor y desarrollarse con ese
margen de seguridad que requieren seres tan frágiles. La primera
resquebrajadura de su universo coloreado, gráfico, será el signo de la pérdida
de su candor y de su ingreso al mundo individual de los adultos, después de
haber habitado el genérico de la infancia, del mismo modo que en su cara
aparecerán los rasgos de sus ancestros, luego de haber sobrellevado la máscara
de la especie. Entonces tendrá que escrutar, indagar, apelar a filósofos,
novelistas o poetas para devolverle a su mundo armonía, orden, sentido,
inútilmente, además”.
Julio Ramón
Ribeyro: Prosas apátridas. Barcelona: Seix Barral, 2007, pàg. 25-26