divendres, 22 de maig de 2015

Primeres lectures


Les primeres passions lectores et marquen per sempre. P. m’ha parlat més d’una vegada dels estius de vacances amb els seus avis a Sant Hilari. Un dels records més intensos d’aquells dies són a la Biblioteca del poble llegint Tintín i convertint-se en el seu company d’aventures. Quaranta anys després encara se l’estima.

Avui fa cent vuit anys del naixement d’Hergé, el creador de Tintín. I aprofitem per donar-li les gràcies a Tintín i a tots aquells personatges que ens van acompanyar durant la infantesa.


Després dels contes que havíem sentit, van venir aquells primers llibres amb els quals vam establir una intimitat especial. Eres el llibre i tu. I et podies escapar amb ell o arrelar-te, i podies mirar el món i viure altres vides, i et feien riure o no; i sempre t’ho passaves bé. Era com una oportunitat de felicitat. 

“Al igual que yo, mi hijo tiene sus autoridades, sus fuentes, sus referencias a las cuales recurre cuando quiere apoyar una afirmación o una idea. Pero si las mías son los filósofos, los novelistas o los poetas, las de mi hijo son los veinte álbumes de las aventuras de Tintín. En ellos todo está explicado. Si hablamos de aviones, animales, viajes interplanetarios, países lejanos o tesoros, él tiene muy a la mano la cita precisa, el texto irrefutable que viene en socorro de sus opiniones. Eso es lo que se llama tener una visión, quizá falsa, del mundo, pero coherente y muchísimo más sólida que la mía, pues está inspirada en un solo libro sagrado, sobre el cual aún no ha caído la maldición de la duda. Solo tiempo más tarde se dará cuenta de que esas explicaciones tan simples no calzan con la realidad y que es necesario buscar otras más sofisticadas. Pero esa primera versión le habrá sido útil, como la placenta intrauterina, para protegerse de las contaminaciones del mundo mayor y desarrollarse con ese margen de seguridad que requieren seres tan frágiles. La primera resquebrajadura de su universo coloreado, gráfico, será el signo de la pérdida de su candor y de su ingreso al mundo individual de los adultos, después de haber habitado el genérico de la infancia, del mismo modo que en su cara aparecerán los rasgos de sus ancestros, luego de haber sobrellevado la máscara de la especie. Entonces tendrá que escrutar, indagar, apelar a filósofos, novelistas o poetas para devolverle a su mundo armonía, orden, sentido, inútilmente, además”.

Julio Ramón Ribeyro: Prosas apátridas. Barcelona: Seix Barral, 2007, pàg. 25-26

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