dimecres, 2 de febrer de 2011

Juan Rulfo i el seu oncle Celerino


Enrique Vila-Matas en la seva novel·la Bartleby y compañía ens parla d’escriptors que renuncien a escriure com Robert Walser, Salinger, Rimbaud i Rulfo. Escriptors de qualitat que escriuen algun llibre i que després, per la raó que sigui, deixen de fer-ho.

Juan Rulfo és un exemple d’aquesta literatura del No. Va publicar dues obres mestres: la recopilació de contes El llano en llamas (1953) i la novel·la Pedro Páramo (1955). Després d'elles, el silenci. Només publicaria abans de morir El gallo de oro y otros textos para cine (1980).

Llegim què ens explica sobre Juan Rulfo, després de l’èxit aconseguit amb la seva extraordinària novel·la Pedro Páramo:

“(…) Tras el éxito de la novela que escribió como si fuera un copista, ya no volvió Rulfo a escribir nada más en treinta años. Con frecuencia se ha comparado su caso con el de Rimbaud, que tras publicar su segundo libro, a los diecinueve años, lo abandonó todo y se dedicó a la aventura, hasta su muerte, dos décadas después.

Durante un tiempo, el pánico a ser despedido por el apretón de manos de su jefe convivió con el temor a la gente que se le acercaba para decirle que tenía que publicar más. Cuando le preguntaban por qué ya no escribía, Rulfo solía contestar:

—Es que se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias.

Su tío Celerino no era ningún invento. Existió realmente. Era un borracho que se ganaba la vida confirmando niños. Rulfo le acompañaba muchas veces y escuchaba las fabulosas historias que éste le contaba sobre su vida, la mayoría inventadas. Los cuentos de El llano en llamas estuvieron a punto de titularse Los cuentos del tío Celerino. Rulfo dejó de escribir poco después de que éste muriera. La excusa del tío Celerino es de las más originales que conozco de entre todas las que han creado los escritores del No para justificar su abandono de la literatura.

—Que por qué no escribo? -se le oyó decir a Juan Rulfo en Caracas, en 1974-. Pues porque se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias (...)".

- Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía. Barcelona: Anagrama, 2000, pàg. 16-17.

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